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Ilustres señoras y señores:
1. Os saludo muy cordialmente a todos vosotros,
participantes en el congreso internacional sobre «Tratamientos de mantenimiento
vital y estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos».
Deseo dirigir un saludo, en particular, a monseñor Elio Sgreccia, vicepresidente
de la Academia pontificia para la vida, y al profesor Gian Luigi Gigli, presidente
de la Federación internacional de asociaciones de médicos católicos
y generoso defensor del valor fundamental de la vida, el cual se ha hecho amablemente
intérprete de los sentimientos comunes.
Este importante congreso, organizado conjuntamente por la
Academia pontificia para la vida y la Federación internacional de asociaciones
de médicos católicos, está afrontando un tema de gran importancia:
la condición clínica denominada «estado vegetativo».
Las complejas implicaciones científicas, éticas, sociales y pastorales
de esa condición necesitan una profunda reflexión y un fecundo
diálogo interdisciplinar, como lo demuestra el denso y articulado programa
de vuestros trabajos.
2. La Iglesia, con gran estima y sincera esperanza,
estimula los esfuerzos de los hombres de ciencia que se dedican diariamente,
a veces con grandes sacrificios, al estudio y a la investigación para
mejorar las posibilidades diagnósticas, terapéuticas, de pronóstico
y de rehabilitación de estos pacientes totalmente confiados a quien los
cuida y asiste. En efecto, la persona en estado vegetativo no da ningún
signo evidente de conciencia de sí o del ambiente, y parece incapaz de
interaccionar con los demás o de reaccionar a estímulos adecuados.
Los estudiosos consideran que es necesario ante todo llegar
a un diagnóstico correcto, que normalmente requiere una larga y atenta
observación en centros especializados, teniendo en cuenta también
el gran número de errores de diagnóstico referidos en la literatura.
Además, no pocas de estas personas, con una atención apropiada
y con programas específicos de rehabilitación, son capaces de
salir del coma. Al contrario, muchos otros, por desgracia, permanecen prisioneros
de su estado, incluso durante períodos de tiempo muy largos y sin necesitar
soportes tecnológicos.
En particular, para indicar la condición de aquellos
cuyo «estado vegetativo» se prolonga más de un año,
se ha acuñado la expresión estado vegetativo permanente. En realidad,
a esta definición no corresponde un diagnóstico diverso, sino
sólo un juicio de previsión convencional, que se refiere al hecho
de que, desde el punto de vista estadístico, cuanto más se prolonga
en el tiempo la condición de estado vegetativo tanto más improbable
es la recuperación del paciente.
Sin embargo, no hay que olvidar o subestimar que existen casos
bien documentados de recuperación, al menos parcial, incluso a distancia
de muchos años, hasta el punto de que se puede afirmar que la ciencia
médica, hasta el día de hoy, no es aún capaz de predecir
con certeza quién entre los pacientes en estas condiciones podrá
recuperarse y quién no.
3. Ante un paciente en esas condiciones clínicas,
hay quienes llegan a poner en duda incluso la permanencia de su «calidad
humana», casi como si el adjetivo «vegetal» (cuyo uso ya se
ha consolidado), simbólicamente descriptivo de un estado clínico,
pudiera o debiera referirse en cambio al enfermo en cuanto tal, degradando de
hecho su valor y su dignidad personal. En este sentido, es preciso notar que
el término citado, aunque se utilice sólo en el ámbito
clínico, ciertamente no es el más feliz para referirse a sujetos
humanos.
En oposición a esas tendencias de pensamiento, siento
el deber de reafirmar con vigor que el valor intrínseco y la dignidad
personal de todo ser humano no cambian, cualesquiera que sean las circunstancias
concretas de su vida. Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se
halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será
siempre un hombre; jamás se convertirá en un «vegetal»
o en un «animal».
También nuestros hermanos y hermanas que se encuentran
en la condición clínica de «estado vegetativo» conservan
toda su dignidad humana. La mirada amorosa de Dios Padre sigue posándose
sobre ellos, reconociéndolos como hijos suyos particularmente necesitados
de asistencia.
4. Los médicos y los agentes sanitarios,
la sociedad y la Iglesia tienen, con respecto a esas personas, deberes morales
de los que no pueden eximirse sin incumplir las exigencias tanto de la deontología
profesional como de la solidaridad humana y cristiana.
Por tanto, el enfermo en estado vegetativo, en espera de su
recuperación o de su fin natural, tiene derecho a una asistencia sanitaria
básica (alimentación, hidratación, higiene, calefacción,
etc.), y a la prevención de las complicaciones vinculadas al hecho de
estar en cama. Tiene derecho también a una intervención específica
de rehabilitación y a la monitorización de los signos clínicos
de eventual recuperación.
En particular, quisiera poner de relieve que la administración
de agua y alimento, aunque se lleve a cabo por vías artificiales, representa
siempre un medio natural de conservación de la vida, no un acto médico.
Por tanto, su uso se debe considerar, en principio, ordinario y proporcionado,
y como tal moralmente obligatorio, en la medida y hasta que demuestre alcanzar
su finalidad propia, que en este caso consiste en proporcionar alimento al paciente
y alivio a sus sufrimientos.
En efecto, la obligación de proporcionar «los
cuidados normales debidos al enfermo en esos casos» (Congregación
para la doctrina de la fe, Iura et bona, p. IV), incluye también el empleo
de la alimentación y la hidratación (cf. Consejo pontificio Cor
unum, Dans le cadre, 2.4.4; Consejo pontificio para la pastoral de la salud,
Carta de los agentes sanitarios, n. 120). La valoración de las probabilidades,
fundada en las escasas esperanzas de recuperación cuando el estado vegetativo
se prolonga más de un año, no puede justificar éticamente
el abandono o la interrupción de los cuidados mínimos al paciente,
incluidas la alimentación y la hidratación. En efecto, el único
resultado posible de su suspensión es la muerte por hambre y sed. En
este sentido, si se efectúa consciente y deliberadamente, termina siendo
una verdadera eutanasia por omisión.
A este propósito, recuerdo lo que escribí en
la encíclica Evangelium vitae, aclarando que «por eutanasia, en
sentido verdadero y propio, se debe entender una acción o una omisión
que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de
eliminar cualquier dolor»; esta acción constituye siempre «una
grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada
y moralmente inaceptable de una persona humana» (n. 65).
Por otra parte, es conocido el principio moral según
el cual incluso la simple duda de estar en presencia de una persona viva implica
ya la obligación de su pleno respeto y de la abstención de cualquier
acción orientada a anticipar su muerte.
5. Sobre esta referencia general no pueden
prevalecer consideraciones acerca de la «calidad de vida», a menudo
dictadas en realidad por presiones de carácter psicológico, social
y económico.
Ante todo, ninguna evaluación de costes puede prevalecer
sobre el valor del bien fundamental que se trata de proteger: la vida humana.
Además, admitir que se puede decidir sobre la vida del hombre basándose
en un reconocimiento exterior de su calidad equivale a reconocer que a cualquier
sujeto pueden atribuírsele desde fuera niveles crecientes o decrecientes
de calidad de vida, y por tanto de dignidad humana, introduciendo un principio
discriminatorio y eugenésico en las relaciones sociales.
Además, no se puede excluir a priori que la supresión
de la alimentación y la hidratación, según cuanto refieren
estudios serios, sea causa de grandes sufrimientos para el sujeto enfermo, aunque
sólo podamos ver las reacciones a nivel de sistema nervioso autónomo
o de mímica. En efecto, las técnicas modernas de neurofisiología
clínica y de diagnóstico cerebral por imágenes parecen
indicar que en estos pacientes siguen existiendo formas elementales de comunicación
y de análisis de los estímulos.
6. Sin embargo, no basta reafirmar el principio
general según el cual el valor la vida de un hombre no puede someterse
a un juicio de calidad expresado por otros hombres; es necesario promover acciones
positivas para contrastar las presiones orientadas a la suspensión de
la hidratación y la alimentación, como medio para poner fin a
la vida de estos pacientes.
Ante todo, es preciso sostener a las familias, que han tenido
a un ser querido afectado por esta terrible condición clínica.
No se las puede dejar solas con su pesada carga humana, psicológica y
económica. Aunque, por lo general, la asistencia a estos pacientes no
es particularmente costosa, la sociedad debe invertir recursos suficientes para
la ayuda a este tipo de fragilidad, a través de la realización
de oportunas iniciativas concretas como, por ejemplo, la creación de
una extensa red de unidades de reanimación, con programas específicos
de asistencia y rehabilitación; el apoyo económico y la asistencia
a domicilio a las familias, cuando el paciente es trasladado a su casa al final
de los programas de rehabilitación intensiva; la creación de centros
de acogida para los casos de familias incapaces de afrontar el problema, o para
ofrecer períodos de «pausa» asistencial a las que corren
el riesgo de agotamiento psicológico y moral.
Además, la asistencia apropiada a estos pacientes y
a sus familias debería prever la presencia y el testimonio del médico
y del equipo de asistencia, a los cuales se les pide que ayuden a los familiares
a comprender que son sus aliados y luchan con ellos; también la participación
del voluntariado representa un apoyo fundamental para hacer que las familias
salgan del aislamiento y para ayudarles a sentirse parte valiosa, y no abandonada,
del entramado social.
En estas situaciones, reviste asimismo particular importancia
el asesoramiento espiritual y la ayuda pastoral, como apoyo para recuperar el
sentido más profundo de una condición aparentemente desesperada.
7. Ilustres señoras y señores,
para concluir, os exhorto, como personas de ciencia, responsables de la dignidad
de la profesión médica, a custodiar celosamente el principio según
el cual el verdadero cometido de la medicina es «curar si es posible,
pero prestar asistencia siempre» (to cure if possible, always to care).
Como sello y apoyo de vuestra auténtica misión
humanitaria de consuelo y asistencia a los hermanos que sufren, os recuerdo
las palabras de Jesús: «En verdad os digo que cuanto hicisteis
a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
A esta luz, invoco sobre vosotros la asistencia de Aquel a
quien una sugestiva fórmula patrística califica como Christus
medicus; y, encomendando vuestro trabajo a la protección de María,
Consoladora de los afligidos y consuelo de los moribundos, con afecto imparto
a todos una especial bendición apostólica.
(Publicado en "L'Osservatore Romano",
edición española, del viernes 26 de marzo de 2004, p. 9)