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Ilustres señoras y señores:
1. Me alegra saludaros con ocasión
de este congreso internacional, en el que os habéis reunido para reflexionar
sobre el complejo y delicado tema de los trasplantes. Agradezco a los profesores
Raffaello Cortesini y Óscar Salvatierra las amables palabras que me han
dirigido. Saludo en particular a las autoridades italianas presentes.
A todos vosotros os expreso mi gratitud por la amable invitación
a este encuentro, y aprecio vivamente la disponibilidad que habéis manifestado
para confrontaros con la enseñanza moral de la Iglesia, la cual, respetando
la ciencia y sobre todo atenta a la ley de Dios, busca únicamente el
bien integral del hombre.
Los trasplantes son una gran conquista de la ciencia al servicio
del hombre y no son pocos los que en nuestros días sobreviven gracias
al trasplante de un órgano. La técnica de los trasplantes es un
instrumento cada vez más apto para alcanzar la primera finalidad de la
medicina: el servicio a la vida humana. Por esto, en la carta encíclica
Evangelium vitae recordé que, entre los gestos que contribuyen a alimentar
una auténtica cultura de la vida "merece especial reconocimiento
la donación de órganos, realizada según criterios éticamente
aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida,
a enfermos tal vez sin esperanzas" (n. 86).
2. Sin embargo, como acontece en toda conquista
humana, también este sector de la ciencia médica, a la vez que
ofrece esperanzas de salud y de vida a muchos, presenta asimismo algunos puntos
críticos, que es preciso analizar a la luz de una atenta reflexión
antropológica y ética.
En efecto, también en esta área de la ciencia
médica, el criterio fundamental de valoración debe ser la defensa
y promoción del bien integral de la persona humana, según su peculiar
dignidad.
Por consiguiente, es evidente que cualquier intervención
médica sobre la persona humana está sometida a límites:
no sólo a los límites de lo que es técnicamente posible,
sino también a límites determinados por el respeto a la misma
naturaleza humana, entendida en su significado integral: "lo que es técnicamente
posible no es, por esa sola razón, moralmente admisible" (Congregación
para la doctrina de la fe, Donum vitae, 4).
3. Ante todo es preciso poner de relieve,
como ya he afirmado en otra ocasión, que toda intervención de
trasplante de un órgano tiene su origen generalmente en una decisión
de gran valor ético: "la decisión de ofrecer, sin ninguna
recompensa, una parte del propio cuerpo para la salud y el bienestar de otra
persona" (Discurso a los participantes en un congreso sobre trasplantes
de órganos, 20 de junio de 1991, n. 3: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 2 de agosto de 1991, p. 9). Precisamente en esto
reside la nobleza del gesto, que es un auténtico acto de amor. No se
trata de donar simplemente algo que nos pertenece, sino de donar algo de nosotros
mismos, puesto que "en virtud de su unión sustancial con un alma
espiritual, el cuerpo humano no puede ser reducido a un complejo de tejidos,
órganos y funciones, (...) ya que es parte constitutiva de una persona,
que a través de él se expresa y se manifiesta" (Congregación
para la doctrina de la fe, Donum vitae, 3).
En consecuencia, todo procedimiento encaminado a comercializar
órganos humanos o a considerarlos como artículos de intercambio
o de venta, resulta moralmente inaceptable, dado que usar el cuerpo "como
un objeto" es violar la dignidad de la persona humana.
Este primer punto tiene una consecuencia inmediata de notable
relieve ético: la necesidad de un consentimiento informado. En efecto,
la "autenticidad" humana de un gesto tan decisivo exige que la persona
sea debidamente informada sobre los procesos que implica, de forma que pueda
expresar de modo consciente y libre su consentimiento o su negativa. El consentimiento
de los parientes tiene su validez ética cuando falta la decisión
del donante. Naturalmente, deberán dar un consentimiento análogo
quienes reciben los órganos donados.
4. El reconocimiento de la dignidad singular
de la persona humana implica otra consecuencia: los órganos vitales singulares
sólo pueden ser extraídos después de la muerte, es decir,
del cuerpo de una persona ciertamente muerta. Esta exigencia es evidente a todas
luces, ya que actuar de otra manera significaría causar intencionalmente
la muerte del donante al extraerle sus órganos. De aquí brota
una de las cuestiones más recurrentes en los debates bioéticos
actuales y, a menudo, también en las dudas de la gente común.
Se trata del problema de la certificación de la muerte. ¿Cuándo
una persona se ha de considerar muerta con plena certeza?
Al respecto, conviene recordar que existe una sola "muerte
de la persona", que consiste en la total desintegración de ese conjunto
unitario e integrado que es la persona misma, como consecuencia de la separación
del principio vital, o alma, de la realidad corporal de la persona. La muerte
de la persona, entendida en este sentido primario, es un acontecimiento que
ninguna técnica científica o método empírico puede
identificar directamente.
Pero la experiencia humana enseña también que
la muerte de una persona produce inevitablemente signos biológicos ciertos,
que la medicina ha aprendido a reconocer cada vez con mayor precisión.
En este sentido, los "criterios" para certificar la muerte, que la
medicina utiliza hoy, no se han de entender como la determinación técnico-científica
del momento exacto de la muerte de una persona, sino como un modo seguro, brindado
por la ciencia, para identificar los signos biológicos de que la persona
ya ha muerto realmente.
5. Es bien sabido que, desde hace tiempo,
diversas motivaciones científicas para la certificación de la
muerte han desplazado el acento de los tradicionales signos cardio-respiratorios
al así llamado criterio "neurológico", es decir, a la
comprobación, según parámetros claramente determinados
y compartidos por la comunidad científica internacional, de la cesación
total e irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, el cerebelo
y el tronco encefálico). Esto se considera el signo de que se ha perdido
la capacidad de integración del organismo individual como tal.
Frente a los actuales parámetros de certificación
de la muerte -sea los signos "encefálicos" sea los más
tradicionales signos cardio-respiratorios-, la Iglesia no hace opciones científicas.
Se limita a cumplir su deber evangélico de confrontar los datos que brinda
la ciencia médica con la concepción cristiana de la unidad de
la persona, poniendo de relieve las semejanzas y los posibles conflictos, que
podrían poner en peligro el respeto a la dignidad humana.
Desde esta perspectiva, se puede afirmar que el reciente criterio
de certificación de la muerte antes mencionado, es decir, la cesación
total e irreversible de toda actividad cerebral, si se aplica escrupulosamente,
no parece en conflicto con los elementos esenciales de una correcta concepción
antropológica. En consecuencia, el agente sanitario que tenga la responsabilidad
profesional de esa certificación puede basarse en ese criterio para llegar,
en cada caso, a aquel grado de seguridad en el juicio ético que la doctrina
moral califica con el término de "certeza moral". Esta certeza
moral es necesaria y suficiente para poder actuar de manera éticamente
correcta. Así pues, sólo cuando exista esa certeza será
moralmente legítimo iniciar los procedimientos técnicos necesarios
para la extracción de los órganos para el trasplante, con el previo
consentimiento informado del donante o de sus representantes legítimos.
6. Otra cuestión de gran importancia
ética es la de la asignación de los órganos donados, mediante
listas de espera o establecimiento de prioridades. A pesar de los esfuerzos
por promover una cultura de donación de órganos, los recursos
de que disponen actualmente muchos países resultan aún insuficientes
para afrontar las necesidades médicas. De aquí nace la exigencia
de elaborar listas de espera para trasplantes, según criterios claros
y bien razonados.
Desde el punto de vista moral, un principio de justicia obvio
exige que los criterios de asignación de los órganos donados de
ninguna manera sean "discriminatorios" (es decir, basados en la edad,
el sexo, la raza, la religión, la condición social, etc.) o "utilitaristas"
(es decir, basados en la capacidad laboral, la utilidad social, etc.). Más
bien, al establecer a quién se ha de dar precedencia para recibir un
órgano, la decisión debe tomarse sobre la base de factores inmunológicos
y clínicos. Cualquier otro criterio sería totalmente arbitrario
y subjetivo, pues no reconoce el valor intrínseco que tiene toda persona
humana como tal, y que es independiente de cualquier circunstancia externa.
7. Una última cuestión se refiere
a la posibilidad, aún en fase experimental, de resolver el problema de
encontrar órganos para transplantar al hombre: los así llamados
xenotrasplantes, es decir, trasplantes de órganos procedentes de otras
especies animales.
No pretendo afrontar aquí detalladamente los problemas
suscitados por ese procedimiento. Me limito a recordar que ya en 1956 el Papa
Pío XII se preguntó sobre su licitud: lo hizo al comentar la posibilidad
científica, entonces vislumbrada, del trasplante de córneas de
animal al hombre. La respuesta que dio sigue siendo iluminadora también
hoy: en principio -afirmó- la licitud de un xenotrasplante exige, por
una parte, que el órgano trasplantado no menoscabe la integridad de la
identidad psicológica o genética de la persona que lo recibe;
y, por otra, que exista la comprobada posibilidad biológica de realizar
con éxito ese trasplante, sin exponer al receptor a un riesgo excesivo
(cf. Discurso a la Asociación italiana de donantes de córnea,
clínicos oculistas y médicos forenses, 14 de mayo de 1956).
8. Al concluir, expreso mi esperanza de que
la investigación científica y tecnológica en el campo de
los trasplantes, gracias a la labor de tantas personas generosas y cualificadas,
siga progresando y se extienda también a la experimentación de
nuevas terapias alternativas al trasplante de órganos, como las prometedoras
invenciones recientes en el área de las prótesis. De todos modos,
se deberán evitar siempre los métodos que no respeten la dignidad
y el valor de la persona. Pienso, en particular, en los intentos de clonación
humana con el fin de obtener órganos para trasplantes: esos procedimientos,
al implicar la manipulación y destrucción de embriones humanos,
no son moralmente aceptables, ni siquiera cuando su finalidad sea buena en sí
misma. La ciencia permite entrever otras formas de intervención terapéutica,
que no implicarían ni la clonación ni la extracción de
células embrionarias, dado que basta para ese fin la utilización
de células estaminales extraíbles de organismos adultos. Esta
es la dirección por donde deberá avanzar la investigación
si quiere respetar la dignidad de todo ser humano, incluso en su fase embrionaria.
Para afrontar todas estas cuestiones, es importante la aportación
de los filósofos y de los teólogos. Su reflexión sobre
los problemas éticos relacionados con la terapia de los trasplantes,
desarrollada con competencia y esmero, podrá ayudar a precisar mejor
los criterios de juicio sobre los cuales basarse para valorar qué tipos
de trasplante pueden considerarse moralmente admisibles y bajo qué condiciones,
especialmente por lo que atañe a la salvaguarda de la identidad personal
de cada individuo.
Espero que los líderes sociales, políticos y
educativos renueven su compromiso de promover una auténtica cultura de
generosidad y solidaridad. Es preciso sembrar en el corazón de todos,
y especialmente en el de los jóvenes, un aprecio genuino y profundo de
la necesidad del amor fraterno, un amor que puede expresarse en la elección
de donar sus propios órganos.
Que el Señor os sostenga a cada uno de vosotros en vuestro
trabajo y os guíe a servir al verdadero progreso humano. Acompaño
este deseo con mi bendición.