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Mons. Elio Sgreccia
 

La votación del Parlamento europeo sobre la investigación con células madre embrionarias

28 de julio de 2006

 

El hecho nuevo ya es conocido; informaron sobre él con gran relieve todos los diarios y los noticiarios de la radio y la televisión: el 15 de junio el Parlamento europeo votó el Programa estructural sobre la investigación con embriones humanos y también con células madre provenientes de embriones. La votación obtuvo mayoría de votos (284 a favor, 249 en contra y 32 abstenciones).

Salvo un mejor análisis y teniendo en cuenta las votaciones precedentes del mismo Parlamento en dicha sesión, se mantendría la prohibición de la experimentación destinada a la clonación (reproductiva), de las experimentaciones con células de línea germinal con el riesgo de modificar el patrimonio de las generaciones futuras, y de las experimentaciones orientadas al almacenamiento para la provisión de células madre. En efecto, el artículo 18 de la Convención de Oviedo prohíbe la creación de embriones con el único fin de investigar.

Por tanto, si hemos interpretado bien la documentación accesible, sólo se utilizarían células de embriones supernumerarios destinados a la destrucción (no se entiende bien si se utilizarían antes o después de la congelación). Incluso con estas limitaciones, la decisión sigue siendo grave desde el punto de vista ético, incluso en relación con la ética racional.

La Comisión europea de obispos católicos, en nombre de todos los obispos de los países de la Unión, denunció inmediatamente el hecho, declarando que: «Muchas personas están preocupadas por la instrumentalización de la vida humana por parte de la investigación y por su utilización como pura materia», y añadía oportunamente que «desde el punto de vista científico no hay razón para hacer una distinción moral entre un embrión al inicio de su vida y después de la implantación en el útero o después de catorce días. La vida humana no depende, y no se debe permitir que dependa, de las decisiones de otros seres humanos».

Se han violado principios fundamentales que hasta ahora han regulado la investigación: a) el principio que prohíbe que prevalezcan los intereses de la investigación sobre el respeto de la vida humana; b) el principio que prohíbe experimentar con seres que no pueden dar su consentimiento, con respecto a los cuales sólo se justifica la investigación que produzca un beneficio previsible al sujeto mismo sometido a ella.

Estos dos principios están presentes en documentos específicos de carácter internacional, como el Código de Nuremberg, el Código de Helsinki en todas sus versiones, los códigos deontológicos médicos hasta la última declaración de la Unesco de 2005, que en el artículo 6 prescribe: «La investigación científica debe realizarse solamente con el consentimiento previo, libre, explícito e informado de la persona sometida a ella» (art. 6, b); y a propósito de las personas que no pueden dar su consentimiento, se dice: «La investigación debe realizarse solamente en beneficio de aquel o aquella que se somete a la experimentación» (art. 7, b).

Es obvio que quien pretende justificar la violación de estos principios racionalmente fundados y sancionados recurre al presupuesto de que al embrión creado con gametos humanos no se le reconoce identidad humana, plenamente humana.

Se sabe bien que esta teoría, aunque la apoyen investigadores por otros motivos respetables, se propuso desde el inicio (Relación del Comité Warnock, 1984) como una «decisión» tomada para calmar la «ansiedad pública», después de la admisión que deseo citar para refrescar la memoria: «Una vez que ha comenzado el proceso de desarrollo (del embrión) no hay una fase particular del mismo que sea más importante que otra: todas son parte de un proceso continuo... Por eso, desde un punto de vista biológico, no se puede identificar una fase individual de desarrollo del embrión más allá de la cual el embrión in vitro no se debería mantener en vida» (Report of the Committee of Human Fertilization and Embriology, cap. 17, p. 2).

Sobre las distinciones nominales como «pro-embrión», «pre-embrión», o incluso «ootide», «pre-cigoto», etc., nunca se han dado razones suficientes que sean confirmadas por motivos válidos en el plano biológico y mucho menos en el plano antropológico y sobre todo ético.

No sólo se desoye a la Iglesia católica sobre este punto; también se desprecia la razón humana.

Se olvida incluso el interés mismo de la investigación científica, dado que la investigación con células madre ha dado señales de éxito en el ámbito de las células madre somáticas, como ya es sabido y se ha comprobado, donde no se produce ningún daño al sujeto del que se extraen.

Así, con tristeza, parece que el impulso a prevaricar viene de una voluntad guiada por ideologías e intereses económicos.

Es de desear que esta irrupción de la «bad science» se modifique en otras instancias y sedes de decisiones, teniendo en cuenta también la escasa mayoría con la que se tomó la decisión.

Para la conciencia católica existe la exhortación del Santo Padre, que en la clausura de la última asamblea de la Academia pontificia para la vida, dijo: «En efecto, al hombre se le dona una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el íntimo vínculo que lo une a su Creador: en el hombre, en todo hombre, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural (cf. Evangelium vitae, 57)» (Discurso del 27 de febrero de 2006: L' Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de marzo de 2006, p. 4).

Nos queda aún una duda sobre cuáles pudieron haber sido las posiciones de los parlamentarios italianos en el seno de la asamblea, dado el resultado del referéndum sobre la ley 40, que prohíbe el uso-abuso del embrión humano, y cuál podrá ser su actitud cuando la deliberación del Parlamento deba pasar al Consejo europeo, donde el actual Gobierno italiano ha revocado la prohibición sancionada por el referéndum.

(Publicado en "L'OSSERVATORE ROMANO" Edición Semanal 28 de julio de 2006, p. 2)